Asoma la puerta del alma y de ella sale un hombrecillo
vestido de azul y blanco. Feliz de llevar sus maravillosos e inquietos
mocasines granates desenfunda su legua desde el bolsillo y dispara un grito. El
recibidor sangra por los oídos gigantes un líquido verde. El hombrecillo sonríe
y pula el botón de retroceso, los oídos del enano vuelven a su sitio y aunque
gigantes vuelven a ser sanos.
Prosigue así todo con normalidad, el enano volvía
a sujetarse las orejas con sus pequeñas manos; mientras, el nuevo hombrecillo
vestido de azul y blanco, con mocasines granates y el arma cargada se dispone a
llegar a su destino.
Saltando kilómetros con sus cortas (pero no por ello menos
proporcionales) piernas dejaba atrás aquellas montañas moradas y naranjas que
tanto le gustaban, pero que no valía la pena admirar pues su destino aunque
traicionero lo conocía mejor que su propia oreja (también proporcional).
Escuchó un ruido, se posó sobre un poste eléctrico del año
del picora y esperó dejando caer sus invisibles alas (que si alguien las hubiera
visto sabría que son del color del arcoirís).
Desenfundóse la lengua y disparó
en varias direcciones para no fallar, las hondas rápidas y sedosas del sonido
rebotaron por toda la zona sin dejar un hueco por gritar. Fueron tantas las
injusticias que soltó el hombrecillo vestido de azul y blanco, con mocasines
granates, el arma cargada, de proporcionales extremidades y cartílagos y
portador de invisibles alas del color del arcoirís que incluso él mismo se
sintió mareado, cayendo así del poste abandonado y cayendo en las dunas de su
propio desierto.
Calor fresco y brisa inexistente eran las cinco palabras más
indicadas para indicar al hombrecillo su destino, ya quedaba menos y tenía poca
munición. Por suerte el personaje de marras odia el viento y adora el calor
fresco así que se sentía genial en su nuevo colchón volador cruzando su mente.
Pocos años más tarde llegó a su destino, se alimentaba
durante el periplo de grande aves rapaces espaciales de origen sideral que poco
envidiaban a las grandes naves galácticas. Estas aves no le cabían en la boca
al hombrecillo, pero por suerte sus quejas eran de tanto calibre que al
disparar su fuerte músculo comunicatorio se comprimían hasta llegar a pesar no
más que un guisante jupiteriano (pero cuidado, de los naranjas no, de los
grises).
Sólo le quedaba un disparo.
Lo último que se sabe de él es que encontró su destino, en
forma de espejo, se dice de él que tenía el mismo tamaño que las orejas de un
enano de manos hipoproporcionales. Apuntó a su propio destino, se puso enfrente
de él, y apretó el gatillo con tanta fuerza que el grito destrozó el tejido
espacio-temporal del universo llevándolo al más fatal y (no por ello menos
bello) desagradable final.
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