lunes, 30 de marzo de 2015

No entiendo. Y nunca lo haré.


La verdad es que no siempre soy así de pesimista, realmente ni si quiera es que sea pesimista ni que el mundo, mis acciones y todas las consecuencias de los mismos me hayan cambiado y moldeado para siempre. La grácil idea de conseguir lo que uno se propone se ve entonces sucia, borrosa, de forma triangular. No quiero con ello decir que sea un desgraciado sino que simplemente no puedo caer más bajo porque ya que no toco el suelo ni el techo, lo que hago en implosionar a una velocidad demasiado lenta. La presión que ejerce mi propia gravedad rebana mis tripas y órganos, endurece mi piel, me deja sin aliento. Como si de una prisión se tratara, mi cuerpo toma forma de garrotes para mi propio yo interior. Para que grite aunque no pueda escucharme, para hacerme daño a mí mismo sin que ni si quiera pueda saberlo hasta que el exterior me de la señal con un disparo en la sien.

No entiendo. Y nunca lo haré. El destino me juega malas pasadas, e incluso delibero la posibilidad de que yo mismo soy el propio destino. Y lo pienso porque no puede haber más desafortunado que el Destino, que provoca al futuro con predicciones y teorías sobre las posibilidades de la gente, no puede sino el Destino ser el que peor suerte tenga, ya que se la roba a los demás. Una criatura vana. Un demonio sin alas.

Quiero un mundo nuevo, quiero que mi vida sea una película de David Lynch, quiero distorsionar la realidad y basar mi vida en los lados de un cubo sin símbolos. Ojalá tuviera el coraje merecido del suicidio, y cuan difícil resulta pensarlo aunque duela. Es el camino más fácil a la felicidad, que es la ausencia de la vida. Aunque haya gente con preocupaciones y siendo aún así felices recuerdan con alegría los malos momentos, a mí me vuelven en forma de cuchillo que se adentra en lo más profundo de mi psique. 

Dios, deja al Destino vivir en paz y mátalo. Siempre el mismo cuento, ni que la muerte liberara al esclavo, ni que pudiera remediar mi dolor escribiendo, o lo que se supone que sea presionar piezas de plástico con símbolos de otra cultura en un orden predeterminado por otra cultura aún más diferente a la mía propia que la anterior. Al menos tengo ese consuelo, de ser único, como Destino nadie tiene menos o peor suerte que yo, por fin soy el mejor en algo. Quién me lo iba a decir si no mi propio inconsciente resurgiendo de sus cenizas que yo provoqué con mi fuego del odio. Odio hacia mi propia psique. Maldita, maldita psique.

Al fin y al cabo siempre tomaré la misma decisión, la mala, la mía, la que me hace sentir algo.

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