Cuantiosas son, las similitudes
Entre las puertas del infierno y las de mi casa,
El sigiloso fuego se propaga allá por donde pise,
Y no cesa, siendo así
Que en cuanto intento
huir, en cenizas mis pies tiende a convertir.
Capullo y sorpresivo suprinador,
De lentos reflejos, e impulsivo como sumiso.
No logra convertir su fe en agua, que apague su dolor,
Necesita que alguien un pozo cave por él,
Y ni ayuda ni deja ser atendido.
Al fin y al cabo, la historia se repite,
Vuelve a casa, con muñones por tobillos,
Mas no cesa en su intento de sorpresa.
Su objetivo es matar a Satán, irrumpir en su estadio
Y matarlo a golpes de yunque ambidiestro.
“Dios, apiádese de mí, su majestad,
Perdóneme, y déjeme morir en paz, de una vez.”
Dios acecha, cauteloso cual ave rapaz,
Internose en el infierno para su alma cazar,
Y suprinador sin pies que corre,
Capullo y sorpresivo al suelo de bocas, mordiendo el fuego,
cae.
Espada dorada atraviesa al Adán beta, alpha, omega o mierda,
Y mientras se desangra ante el cadáver de Satán, Dios danza
Y canta feliz su himno como una oda a su propio poder, sagaz,
El cual a veces olvida de controlar.
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