lunes, 1 de diciembre de 2014

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A veces sólo consiste en saber tus limitaciones,
A veces no las conoces. Realmente,
Poco importa de madrugada a 52 km de la ciudad.

Lo que realmente te preocupa es si,
De algún modo, algún día, volverás a sonreír.

Sonreír sin una mujer.

Es un concepto hueco y abstractamente vacío,
Que carcomiendo tu libido, y tu felicidad,
Da sentido a su propia existencia,
Dejando tras de sí (en tu interior),
Un gran cúmulo de oscuridad, y fúnebres tinieblas,
Que bailan, danzantes, al rededor de tu raciocinio.

Te das cuenta de esto en el momento más inesperado,
Mirándote al espejo, desnudándote parcialmente ante nadie.

Buscas, preguntas, ansías una causa,
Pero sabes que eres tú,
No culpes a la sociedad, pobrecilla puta imberbe.

Sólo, y por favor, hazlo,

MÁTAME.

jueves, 30 de octubre de 2014

El significado oculto de la locura



Desnudo, se introdujo en la cueva. Su largo camino por fin podría acabar después de tanto tiempo buscando, lo que siempre deseó. Incluso sabía el camino: izquierda, derecha, recto hasta el final, abrir la puerta (casi deshecha y de madera) y entonces abrir los ojos que tanto tiempo han estado ocultos.

El pelo largo, casi hasta las rodillas. Sus genitales, si es que existían, lo hacían sepultados entre pelo y barba, que aún castaños y gozadores de fuerza cumplían bien su función. Labios sellados, en seguida pronunciaría sus primeras palabras en semanas. Oídos preparados y sin miedo a escuchar cuantas atrocidades y bellezas sonoras se puedan presentar. El sigilo ya no le preocupaba y sobre todo, si echaba algo en falta, era su fuerza (le había costado abrir la puerta (casi deshecha y de madera)).

Odiseas inmundas llegarían por fin a su epílogo por el camino del resplandor.

La puerta se abre, la luz le invade. Abre los ojos con fuerza sin miedo a que sus retinas estallen, gime, sus labios casi quiebran. Le sale vaho de la garganta, hace frío. Su pelo se eriza y su postura tiende a la de un digno anciano encorvado. Sus manos se van acercando a su cara apretando finalmente sus mejillas. Vuelve a gemir un poco más fuerte, pestañea rápidamente para no perder el objetivo de su visión. Sus uñas arañan su piel, sin apretar nota su propio tacto. Da un pisotón desnudo al suelo.

-¡Ah!

Grita al unísono del sonido del golpe.

-¡Ah! ¡Ah!

Dos golpes más. Finalmente una joven lágrima desciende hasta sus manos. Sus rodillas tocan el suelo y posa sobre sus pies su cuerpo plegando las rodillas. En posición de plegaria mira el agujero del techo que le permite ver los colores y texturas de su entorno (entra una luz desde el exterior que le enfoca directamente como a un dios). La columna de luz no le proporciona calor.

Enjaula su sonrisa y se levanta. Avanza unos cuantos pasos hasta el primer escalón. Lo sube. Se queda paralizado, faltan dos. Sube otro más, ya queda poco. Alcanza la cima. Entonces, mira a su alrededor y busca la baldosa que debe presionar. Y lo hace.



La luz ya quedó atrás. La habitación no era muy grande. El suelo estaba compuesto por baldosas de mármol aparentemente bien cuidadas, brillantes y frías. Las paredes de pizarra, negra y lisa. El tejado, de la cueva misma, ese sitio parecía carecer de sentido. Hasta llegar a los escalones había poco espacio y una vez arriba había un metro cuadrado, una especie de peana final, de acero. Pero esta peana tiene una única baldosa. Enfrente de tus ojos, si subes dichos escalones encontrarás una pared. Una pared con un único orificio a la altura de la cabeza. El desnudo ser, que ya dejó la luz atrás, después de abrir la puerta (casi deshecha y de madera), pisó esa baldosa. Entonces una fina varilla de acero atravesó su frente y su sien a través de aquel agujero. Su cuerpo quedó suspendido en el aire, anclado. Un par de lágrimas más llegaron a sus manos y luego al suelo. Cayeron y crearon un eco que nunca cesaría. Hacía frío.

viernes, 26 de septiembre de 2014

Nihil morari

No soporto la ilusión del desierto.
No sé distinguir entre olivas y aceitunas.
La verdad es real, y la mentira,
sencillamente esquivarla hay que.

No soporto el frío del equinoccio.
No consigo encontrar mi propio cenit.
La realidad es mentira, y el infierno,
el lugar de la felicidad mortal.

No importa si es marzo o septiembre.
No me preocupa tener un lado oculto.
Me baño en agua fría para -273,15.
Congelo mis cojones para evitar la estirpe.

Cállate la puta boca,
y déjame morir en paz.

lunes, 19 de mayo de 2014

Lápiz carbón

Imposiciones indebidas,
rostros soñolientos,
casi en pena, sin aliento.

Decisiones estúpidas,
no hay perdón, ni lo habrá,
sin vergüenza así se acaba.

Divagar entre maleza,
arbustos milenarios,
y también nubes esporosas.

Veneno al viento,
en carne del hambriento.

Desperza al desesperado,
en vísceras entre prados,
que no verdes, si no negros,
como un sin-nada eterno.

jueves, 15 de mayo de 2014

Adán-o-mega

Cuantiosas son, las similitudes
Entre las puertas del infierno y las de mi casa,
El sigiloso fuego se propaga allá por donde pise,
Y no cesa, siendo así
Que en cuanto intento huir, en cenizas mis pies tiende a convertir.

Capullo y sorpresivo suprinador,
De lentos reflejos, e impulsivo como sumiso.
No logra convertir su fe en agua, que apague su dolor,
Necesita que alguien un pozo cave por él,
Y ni ayuda ni deja ser atendido.

Al fin y al cabo, la historia se repite,
Vuelve a casa, con muñones por tobillos,
Mas no cesa en su intento de sorpresa.
Su objetivo es matar a Satán, irrumpir en su estadio
Y matarlo a golpes de yunque ambidiestro.

“Dios, apiádese de mí, su majestad,
Perdóneme, y déjeme morir en paz, de una vez.”

Dios acecha, cauteloso cual ave rapaz,
Internose en el infierno para su alma cazar,
Y suprinador sin pies que corre,
Capullo y sorpresivo al suelo de bocas, mordiendo el fuego, cae.

Espada dorada atraviesa al Adán beta, alpha, omega o mierda,
Y mientras se desangra ante el cadáver de Satán, Dios danza
Y canta feliz su himno como una oda a su propio poder, sagaz,
El cual a veces olvida de controlar.