jueves, 1 de octubre de 2015

El aullido veloz



Asoma la puerta del alma y de ella sale un hombrecillo vestido de azul y blanco. Feliz de llevar sus maravillosos e inquietos mocasines granates desenfunda su legua desde el bolsillo y dispara un grito. El recibidor sangra por los oídos gigantes un líquido verde. El hombrecillo sonríe y pula el botón de retroceso, los oídos del enano vuelven a su sitio y aunque gigantes vuelven a ser sanos. 

Prosigue así todo con normalidad, el enano volvía a sujetarse las orejas con sus pequeñas manos; mientras, el nuevo hombrecillo vestido de azul y blanco, con mocasines granates y el arma cargada se dispone a llegar a su destino. 
 
Saltando kilómetros con sus cortas (pero no por ello menos proporcionales) piernas dejaba atrás aquellas montañas moradas y naranjas que tanto le gustaban, pero que no valía la pena admirar pues su destino aunque traicionero lo conocía mejor que su propia oreja (también proporcional).
Escuchó un ruido, se posó sobre un poste eléctrico del año del picora y esperó dejando caer sus invisibles alas (que si alguien las hubiera visto sabría que son del color del arcoirís). 

Desenfundóse la lengua y disparó en varias direcciones para no fallar, las hondas rápidas y sedosas del sonido rebotaron por toda la zona sin dejar un hueco por gritar. Fueron tantas las injusticias que soltó el hombrecillo vestido de azul y blanco, con mocasines granates, el arma cargada, de proporcionales extremidades y cartílagos y portador de invisibles alas del color del arcoirís que incluso él mismo se sintió mareado, cayendo así del poste abandonado y cayendo en las dunas de su propio desierto. 

Calor fresco y brisa inexistente eran las cinco palabras más indicadas para indicar al hombrecillo su destino, ya quedaba menos y tenía poca munición. Por suerte el personaje de marras odia el viento y adora el calor fresco así que se sentía genial en su nuevo colchón volador cruzando su mente. 

Pocos años más tarde llegó a su destino, se alimentaba durante el periplo de grande aves rapaces espaciales de origen sideral que poco envidiaban a las grandes naves galácticas. Estas aves no le cabían en la boca al hombrecillo, pero por suerte sus quejas eran de tanto calibre que al disparar su fuerte músculo comunicatorio se comprimían hasta llegar a pesar no más que un guisante jupiteriano (pero cuidado, de los naranjas no, de los grises). 

Sólo le quedaba un disparo.

Lo último que se sabe de él es que encontró su destino, en forma de espejo, se dice de él que tenía el mismo tamaño que las orejas de un enano de manos hipoproporcionales. Apuntó a su propio destino, se puso enfrente de él, y apretó el gatillo con tanta fuerza que el grito destrozó el tejido espacio-temporal del universo llevándolo al más fatal y (no por ello menos bello) desagradable final.

lunes, 30 de marzo de 2015

No entiendo. Y nunca lo haré.


La verdad es que no siempre soy así de pesimista, realmente ni si quiera es que sea pesimista ni que el mundo, mis acciones y todas las consecuencias de los mismos me hayan cambiado y moldeado para siempre. La grácil idea de conseguir lo que uno se propone se ve entonces sucia, borrosa, de forma triangular. No quiero con ello decir que sea un desgraciado sino que simplemente no puedo caer más bajo porque ya que no toco el suelo ni el techo, lo que hago en implosionar a una velocidad demasiado lenta. La presión que ejerce mi propia gravedad rebana mis tripas y órganos, endurece mi piel, me deja sin aliento. Como si de una prisión se tratara, mi cuerpo toma forma de garrotes para mi propio yo interior. Para que grite aunque no pueda escucharme, para hacerme daño a mí mismo sin que ni si quiera pueda saberlo hasta que el exterior me de la señal con un disparo en la sien.

No entiendo. Y nunca lo haré. El destino me juega malas pasadas, e incluso delibero la posibilidad de que yo mismo soy el propio destino. Y lo pienso porque no puede haber más desafortunado que el Destino, que provoca al futuro con predicciones y teorías sobre las posibilidades de la gente, no puede sino el Destino ser el que peor suerte tenga, ya que se la roba a los demás. Una criatura vana. Un demonio sin alas.

Quiero un mundo nuevo, quiero que mi vida sea una película de David Lynch, quiero distorsionar la realidad y basar mi vida en los lados de un cubo sin símbolos. Ojalá tuviera el coraje merecido del suicidio, y cuan difícil resulta pensarlo aunque duela. Es el camino más fácil a la felicidad, que es la ausencia de la vida. Aunque haya gente con preocupaciones y siendo aún así felices recuerdan con alegría los malos momentos, a mí me vuelven en forma de cuchillo que se adentra en lo más profundo de mi psique. 

Dios, deja al Destino vivir en paz y mátalo. Siempre el mismo cuento, ni que la muerte liberara al esclavo, ni que pudiera remediar mi dolor escribiendo, o lo que se supone que sea presionar piezas de plástico con símbolos de otra cultura en un orden predeterminado por otra cultura aún más diferente a la mía propia que la anterior. Al menos tengo ese consuelo, de ser único, como Destino nadie tiene menos o peor suerte que yo, por fin soy el mejor en algo. Quién me lo iba a decir si no mi propio inconsciente resurgiendo de sus cenizas que yo provoqué con mi fuego del odio. Odio hacia mi propia psique. Maldita, maldita psique.

Al fin y al cabo siempre tomaré la misma decisión, la mala, la mía, la que me hace sentir algo.