jueves, 30 de octubre de 2014

El significado oculto de la locura



Desnudo, se introdujo en la cueva. Su largo camino por fin podría acabar después de tanto tiempo buscando, lo que siempre deseó. Incluso sabía el camino: izquierda, derecha, recto hasta el final, abrir la puerta (casi deshecha y de madera) y entonces abrir los ojos que tanto tiempo han estado ocultos.

El pelo largo, casi hasta las rodillas. Sus genitales, si es que existían, lo hacían sepultados entre pelo y barba, que aún castaños y gozadores de fuerza cumplían bien su función. Labios sellados, en seguida pronunciaría sus primeras palabras en semanas. Oídos preparados y sin miedo a escuchar cuantas atrocidades y bellezas sonoras se puedan presentar. El sigilo ya no le preocupaba y sobre todo, si echaba algo en falta, era su fuerza (le había costado abrir la puerta (casi deshecha y de madera)).

Odiseas inmundas llegarían por fin a su epílogo por el camino del resplandor.

La puerta se abre, la luz le invade. Abre los ojos con fuerza sin miedo a que sus retinas estallen, gime, sus labios casi quiebran. Le sale vaho de la garganta, hace frío. Su pelo se eriza y su postura tiende a la de un digno anciano encorvado. Sus manos se van acercando a su cara apretando finalmente sus mejillas. Vuelve a gemir un poco más fuerte, pestañea rápidamente para no perder el objetivo de su visión. Sus uñas arañan su piel, sin apretar nota su propio tacto. Da un pisotón desnudo al suelo.

-¡Ah!

Grita al unísono del sonido del golpe.

-¡Ah! ¡Ah!

Dos golpes más. Finalmente una joven lágrima desciende hasta sus manos. Sus rodillas tocan el suelo y posa sobre sus pies su cuerpo plegando las rodillas. En posición de plegaria mira el agujero del techo que le permite ver los colores y texturas de su entorno (entra una luz desde el exterior que le enfoca directamente como a un dios). La columna de luz no le proporciona calor.

Enjaula su sonrisa y se levanta. Avanza unos cuantos pasos hasta el primer escalón. Lo sube. Se queda paralizado, faltan dos. Sube otro más, ya queda poco. Alcanza la cima. Entonces, mira a su alrededor y busca la baldosa que debe presionar. Y lo hace.



La luz ya quedó atrás. La habitación no era muy grande. El suelo estaba compuesto por baldosas de mármol aparentemente bien cuidadas, brillantes y frías. Las paredes de pizarra, negra y lisa. El tejado, de la cueva misma, ese sitio parecía carecer de sentido. Hasta llegar a los escalones había poco espacio y una vez arriba había un metro cuadrado, una especie de peana final, de acero. Pero esta peana tiene una única baldosa. Enfrente de tus ojos, si subes dichos escalones encontrarás una pared. Una pared con un único orificio a la altura de la cabeza. El desnudo ser, que ya dejó la luz atrás, después de abrir la puerta (casi deshecha y de madera), pisó esa baldosa. Entonces una fina varilla de acero atravesó su frente y su sien a través de aquel agujero. Su cuerpo quedó suspendido en el aire, anclado. Un par de lágrimas más llegaron a sus manos y luego al suelo. Cayeron y crearon un eco que nunca cesaría. Hacía frío.